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FRAGILIDAD Y CORAJE

by Hna María Teresa Sánchez

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CAPÍTULO I
LE DIO DE BEBER

El sol indicaba el mediodía. Él gritaba, pero nadie lo oía. La alegría de su captura ahogaba su pedido de agua. Tenía sed y a nadie le importaba.
Claro que él era un bandido difícil, que para atraparlo habían tenido que unir fuerzas y arriesgarse seriamente.
No había policía. Los vecinos de los campos próximos se defendían como podían.
Él era un daño para aquella gente ¿Por qué escucharlo?
Entonces apareció. Se salió de entre los que estaban alegres. Menuda, rubia, de trenzas largas, con su ropa blanca a la usanza de la época, porque entonces no había colores.
No podía distinguirla bien pero se animó y dijo más fuerte: “Agua, agua”, y sintió el alivio del cepo se levantaba. Ella lo ayudó a sentarse y sobre su mano experimentó la frescura del jarro con agua. Bebió con ansias y, con un gesto, pidió más. Ella, frágil, suave, buscó más y le dio.
Entonces los vieron. Algún chiquitín les había dicho a los que descansaban del calor de la siesta que Tránsito estaba soltando al prisionero.
Se volcaron todos al lugar. ¡Faltaba más! ¡con lo que les había costado atraparlo!
Pero él estaba ahí, con los pies aún en el cepo, con las manos tomando el jarro, sentado, sin intento de huída. Y ella estaba a su lado, pequeña, silenciosa, conmovida.
Y alguno con voz fuerte exclamó: “¡Corajuda la niña!”.
Su valentía los había dejado admirados: no temió al mal, se decidió por el bien y dio de beber al sediento.
CAPÍTULO II
CONSUELO DE DIOS


Llevaba tiempo en la ciudad. Muchos la conocían, en especial, los que vivían en la ranchería. Ella los visitaba.
Delgada, no muy alta, con sus dos trenzas rubias colgando hacia adelante y sus manos acostumbradas al trabajo.
Sol, viento, nublado, sereno, no importaban los fenómenos del tiempo, sino la calidad del tiempo que compartía con ellos.
Durante la tarde hacía galletas dulces y confites. Después reunía a los niños cerca de la cañada. Les hablaba del amor que Dios les tenía y les compartía las golosinas.
Ellos jugaban, rezaban y la seguían. La seguían cuando pasaba el viático para los moribundos y en silenciosa procesión acompañaban al Dios de los consuelos que ayudaba a bien morir. Y la acompañaban cuando había un parto difícil: San Luis, rey de Francia, se veía obligado a escuchar las súplicas por la madre que estaba por dar a luz y por el niño que venía.
En la ciudad la conocían. Los niños, los pobres, los enfermos la sentían a su lado acompañando el dolor.
Y seguía siendo corajuda: como no había lugar en el hospital San Roque, se llevó una enferma de tuberculosis a su casa para cuidarla hasta que pudieran atenderla ahí.
Donde otros no llegaban, ella tenía entrada libre.
Ella frágil, suave, se había hecho consuelo del que sufre, caricia de Dios.







CAPÍTULO III
VACACIONES ENTRE TRAVIESOS
Ya había cargado todo: harina, arroz, garbanzos, yerba, azúcar, pasas. La leña, frutas y verduras las iban a conseguir allá. También la carne, no importaba de qué.
Acomodó los huevos en un canasto y subió a la carreta. La suya salía primero. Tenía que llegar antes para que después la ayudaran a bajar las cosas.
Detrás venían los otros: alumnos del Monserrat, los más pobres, los que no podían volver a su casa y se quedaban sin vacaciones. Venían con su hermano Emiliano, el cura Rector del Colegio.
¡Llevar los chicos a Caroya! Eran ideas de él. Pero a ella le gustaba y se puso la primera en ayudar.
Había hecho las compras y armado los paquetes. La habían ayudado a cargar y ahora estaba en marcha. Salía de la ciudad por el camino Real hacia Caroya.
Ya sabía a lo que se exponía. Pero era corajuda y ¿qué podían hacer de grave esos muchachos?
Tal vez esconder un sapo o una rana en un jarro dado vuelta que esperaba el desayuno.
Quizás armar un griterío a la noche porque, después de que se apagó la vela algún bandido muchacho y su cómplice alzaban una cebolla sujeta a la larga caña y acariciaban las narices de los que ya entraban en sueño dándoles la sensación de que algún bicho les caminaba por la cara.
En una de esas tendría que curar los raspones de los audaces que intentaron domar un chancho en el corral de algún vecino.
Cada año se agregaban anécdotas de las aventuras. Cada año, ella, frágil, suave, se hacía madrecita de esos inquietos jóvenes de vacaciones.
CAPÍTULO III
VACACIONES ENTRE TRAVIESOS
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