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El Mar: un tsunami de sueños

by DIEGO BOLUDA NAVARRO

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EL MAR: UN TSUNAMI DE SUEÑOS

FALLO DE LOS CONCURSOS
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Ganadora: Taxidermia - Qian Gao Xing
Ganadora EX AEQUO: "La Sonrisa" de Antonio Ruiz Pastor
Llevo pensándolo desde el primer día, sin embargo, debía de ser hoy. Han pasado cuarenta y cinco años que he vivido como si fueran un eón. Cuarenta y cinco años repletos de angustia, de soledad, de un horrible suplicio que jamás seré capaz de explicar con palabras. Cuarenta y cinco años encerrado en este podrido psiquiátrico y hasta hoy no había tenido la valentía suficiente para acabar con esto, pero hoy es el día. Hoy le contaré a una hoja amarillenta lo que no pude contar a un ser humano en toda una vida que está a punto de acabar.

Siempre fui un niño retraído, pero no extraño. Crecí con una familia que me quiso y me brindó todo lo que un niño puede necesitar: amor, cariño, libertad y algún que otro juguete para recompensar mis buenas calificaciones. Los años pasaron mientras yo iba creciendo y dejando a un lado mi futuro, sin pensar qué iba a hacer, cómo me iba a ganar la vida, quién quería ser. Con esta incertidumbre acabé llegando a aquel momento temido, el momento en el que el tiempo te fuerza a elegir un destino. Mis buenas calificaciones me permitían entrar a prácticamente cualquier carrera pero aun así seguía sin tener la más remota idea de qué hacer. El tiempo se me agotaba y el último día de clase decidí no ir. Me paseé por la ciudad en busca de diversión, sin embargo fue poca la que pude encontrar, lo lógico teniendo en cuenta que era un lunes por la mañana. Seguí caminando hasta que llegué a una plaza. Allí, me senté en la terraza de una pequeña cafetería situada frente a un gran y majestuoso edificio. Mientras tomaba mi café, quedé prendado de su fachada de influencia barroca: blanca y pulcra; de aquellos cipreses que, como lenguas de fuego, ascendían hasta el cielo; de la imponente estatua de la diosa Fama que, como una corona de oro, se cernía sobre el edificio y especialmente de aquella joven que estaba subiendo sus escaleras. Su figura esbelta y delicada hizo que el corazón se me acelerara hasta tal punto que los latidos parecían marcar el ritmo de un prestissimo de Waldteufel. Su tez era tan blanca como la nieve y su pelo, negro como el tizón, surcaba con bellos mechones su cara como un río de tinta descendiendo por una hoja papel. Sus ojos ligeramente rasgados eran de un bello color grisáceo que infundía calma allá donde fuera y sus labios rosados formaban la sonrisa más bella que jamás he visto.

Volví a la cafetería cada mañana de forma periódica, pero fue un soleado día de verano cuando la volví a ver. Llegué a la cafetería y ésta estaba completamente llena, lo que me dejó anonadado pues había sido el único cliente en muchas de las mañanas que la había visitado (lo que era de esperar teniendo el cuenta que su café es probablemente lo más asqueroso que he tenido en mi boca). Me di la vuelta. Aquel edificio que en realidad era la facultad de bellas artes estaba repleto de una marabunta de gente que echaba fotos a todo lo que veía. Decidí acercarme para ver qué pasaba. Cuando lo hice, un hombrecillo pequeño y rechoncho me asaltó preguntando si estaba interesado en el mundo del arte. Al parecer era el director. Vestía un traje blanco con una camisa hawaiiana y unos zapatos de cuero. Cuando quise responder su pregunta, me agarró de la chaqueta y me hizo un tour por toda la exposición. Los cuadros y esculturas eran interesantes, pero nada del otro mundo. Lo normal teniendo en cuenta que al fin y al cabo eran principiantes. Eso pensé hasta que el hombre me llevó hasta la última sala. Entré a la habitación y allí la volví a ver. Era preciosa. Eché un vistazo a sus cuadros y me quedé en blanco. Su uso del color era el de un pintor de la talla de el Greco, sus temas y simbolismos eran equiparables a los de Moreau, y su pincelada tan suelta como la de Goya. Le pregunté con la voz más grave que pude el precio de un cuadro en concreto, La Sonrisa. Y sí, la sonrisa de La Sonrisa era suya.

–Mmm... Depende de cómo me caigas– me contestó con un tono despreocupado. ¿Te apetece un café?

–P-Por supuesto –tartamudeé, percatándome de su incansable sonrisa.

La chica tomó mi mano y me guió entre tanta gente hasta la salida. Al bajar las escaleras, me soltó.
–¿A qué cafetería iremos?–pregunté, rezando porque no fuera la que teníamos frente a nosotros.

–A cualquiera menos a esa. No sé cómo consiguen hacer un café tan rancio –dijo aguantándose la risa.

Asentí riendo y dejé que me llevara a donde ella quisiera. Tras un trayecto de una media hora en el que no hice más que admirar su belleza, llegamos a la cafetería. Era un local pequeño pero acogedor. Conforme nos sentamos en la barra, el dueño, un hombre de avanzada edad, se nos acercó preguntando por el porcentaje de los distintos granos que deseábamos. Ella se quedó pensativa, sin saber a qué se refería.

–75% arábigo, 25% robusto –respondí.

Siempre había sido un apasionado del café gracias a mi padre, que probablemente sea la persona que más café ha bebido en la historia de este país, e indudablemente, la que más sabe.

–Interesante combinación –dijo sonriendo el camarero– ¿Alguna especificación más?

–Con poca agua. Un ristretto –aclaré.

–Oído, ¿y la señorita?

–Lo mismo –dijo mirándome con complicidad.

Aguanté la risa, pues me olía lo que iba a pasar. El café estaba increíble. Nunca había probado uno igual. Su intensidad y matices, sumados a su ligero aroma a cacao y su retrogusto afrutado me hicieron ascender al cielo con cada trago. Quien no lo disfrutó en cambio fue ella, que arrugó su cara como si estuviera mordiendo un limón. Sabía que ocurriría. No pude contenerme la risa y ella río también. Empezamos a pasar tiempo juntos a partir de ese día.

De camino a mi casa, con el cuadro bajo el brazo, volví a pensar en mis estudios, en mi futuro, y llegué a la conclusión de que mi futuro debía ser junto a ella. Sin pensármelo dos veces, comenté a mis padres la idea de estudiar arte, la cual no caló demasiado en mi padre, que me dijo que lo único que conseguiría con eso sería miseria. Mi madre en cambio se mostró ilusionada al ver que su hijo por fin deseaba algo fervientemente. Sea como fuere, acabé convenciéndolos a ambos y empecé mi aventura en el mundo del arte. Esa misma semana decidí ponerme las pilas. Durante esas vacaciones, devoré libros como nunca lo había hecho, me llené con toda la información que pude, estudié todos los grandes artistas, aprendí mil técnicas, visité más de cien museos, y dibujé, dibujé y dibujé. Dibujé como si me fuera la vida en ello y finalmente, llegó el día. Tocaba hacer la prueba de acceso.

Llegué a la facultad y fui conducido a una especie de patio repleto de vegetación. Había que pintar un cuadro de técnica libre con modelo del natural. Tuvimos 15 minutos para elegir los materiales. Decidí apostar por algo clásico y sencillo: una paleta de óleos con tonos rojizos y grisáceos y unos pinceles de pelo de caballo. Los modelos venían de uno en uno y se sentó a mi lado una figura muy familiar. Era ella de nuevo.

–Hola de nuevo –dijo con un tono dulce.

–Parece que no me voy a escapar de ti –respondí riendo.
Empecé a construir mi cuadro y decidí que todo debería girar alrededor de algo en específico: su sonrisa, lo más fascinante que he tenido la oportunidad de pintar. Decidí reservar los colores rojizos únicamente para ella y cubrir el resto del cuadro de grises, creando un contraste que llevase todas las miradas al mismo lugar. La gente tenía que entenderme. Su sonrisa era tan bella como inquietante, era simplemente perfecta. El cuadro fue un éxito y así me lo hizo saber el director, que me hizo entrar directamente a segundo año, con ella.

Me sentaba a su lado cada mañana, atendiendo a la clase pero con un ojo siempre en ella. Bueno, en su sonrisa. No pensaba en otra cosa. Ella nunca dejaba de sonreír. Sonreía estando alegre. Sonreía estando enfadada. Sonreía cuando tenía miedo. Sonreía mientras lloraba. Era insoportable. Veía su sonrisa en cada lugar, a cada momento. No conseguía sacarla de mi mente. Cada vez que me acercaba a ella mi visión se nublaba y mis oídos empezaban a pitar. Sentía que el mundo se me caía encima, que todo había perdido el sentido, que no valía la pena estar vivo si eso conllevaba un sufrimiento tal. Aguanté esa tortura durante todo el tiempo que pude, lo juro. Pasé mucho tiempo intentando lidiar con ello, pero me resultó imposible seguir viviendo de aquella manera. Todo debía acabar.

Fue una bonita tarde de primavera. La invité a dormir en mi estudio para trabajar en algunas obras como siempre solíamos hacer, pero esta vez era distinto. Era distinto porque la calle estaba vacía, porque mi mente se había ido, porque deseaba acabar con todo. Cuando ella se sentó en la vieja silla que tenía cerca de una especie de cocina, me abalancé sobre ella con un trapo empapado en cloroformo y tapé su boca con brusquedad hasta que quedó totalmente inconsciente. La até como pude a una columna en la sala en la que guardaba las pinturas que no había vendido y otras tantas pinturas que había decidido comprar. Entre ellas, por supuesto, La Sonrisa. Despertó a los pocos minutos y se dedicó a gritar como una loca. Entré corriendo a la oscura habitación y abrí la puerta con rabia, decidido a acabar con todo. Levanté su cuerpo agarrando su cuello con una mano y sosteniendo un filoso cuchillo con la otra. La miré a los ojos y pude sentir su miedo como si se tratase del mío, pero todo ese sentimiento de culpa se esfumó cuando dirigí mi mirada hacia su boca. A pesar de todo el miedo, del dolor, de la incomprensión, de la angustia, de la desesperación. A pesar de todo, su escalofriante mueca de sonrisa seguía ahí. Fui invadido por el pánico y decidí borrar esa sonrisa para siempre. Tapé sus ojos, ojos de los que brotaron lágrimas, lágrimas repletas de terror, un terror que la paralizó por completo. Mientras acariciaba su piel pálida, apoyé mi cuchillo sobre sus bellos labios de color rosado y lo hice descender poco a poco para formar una sonrisa invertida que consiguió acabar con todo mi sufrimiento. Dejé a la muchacha en el suelo, desconsolada, y solté el cuchillo. Me dirigí a mi habitación y por primera vez en mucho tiempo, pude conciliar el sueño. Desperté al día siguiente con la misma sensación que el anterior. La misma sensación de siempre. Al parecer el alivio fue sólo momentáneo, mi tortura no se había ido. Bajé las escaleras y volví a la mugrienta sala de cuadros, y entonces, vacío.

No. No fui yo. Fue ella. Fue ella quien se fijó en el cuchillo que dejé en el suelo, quien estiró su su tembloroso brazo para alcanzarlo, quien lo clavó en su corazón. Ella se fue y quedó un pájaro sin alas, un río sin agua. Quedó dolor. Sin ella, mi mundo dejó de ser gris, pasó a ser negro. Y mi dolor creció como crece mi locura. Todo de ella se esfumó, pero su sonrisa sigue aquí. Su sonrisa nunca se ha ido. Su sonrisa nunca se irá. No se fue cuando quise esconder su cuerpo. No se fue cuando la policía entró a mi casa. No se fue en el interrogatorio. No se fue en el calabozo. No se fue en la cárcel. No se fue en ninguno de los años que he pasado aquí.
No se fue.

Y ahora, al borde del eterno fin, me pregunto si, incluso en aquel mundo, alguna vez se irá.

–Egon Sinclair.
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