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harry potter

by BELEN ROJAS

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Nombre: Belén Rojas Sepúlveda
Curso: 3E
Fecha: 27/04/2023


El niño que vivió
El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir
que eran muy normales, afortunadamente. Eran las últimas personas que se esperaría encontrar
relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías.
El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros. Era un
hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso. La señora Dursley era
delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual, lo que le resultaba muy útil, ya que
pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus
vecinos. Los Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que él.
Los Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo
descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los Potter.
La señora Potter era hermana de la señora Dursley, pero no se veían desde hacía años; tanto era así
que la señora Dursley fingía que no tenía hermana, porque su hermana y su marido, un completo inútil,
eran lo más opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar. Los Dursley se estremecían al pensar qué
dirían los vecinos si los Potter apareciesen por la acera. Sabían que los Potter también tenían un hijo
pequeño, pero nunca lo habían visto. El niño era otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no
querían que Dudley se juntara con un niño como aquél.
Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo
cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera
los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región. El señorDursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo, y la señora Dursley
parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.
Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.
A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató
de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba
arrojando los cereales contra las paredes. «Tunante», dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía
de la casa. Se metió en su coche y se alejó del número 4.
Al llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro: un gato estaba mirando un
plano de la ciudad. Durante un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto, pero
luego volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en la esquina de Privet Drive, pero
no vio ningún plano. ¿En qué había estado pensando? Debía de haber sido una ilusión óptica.
El señor
Dursley parpadeó y contempló al gato. Éste le devolvió la mirada. Mientras el señor Dursley daba la
vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el
felino estaba leyendo el rótulo que decía «Privet Drive» (no podía ser, los gatos no saben leer los rótulos
ni los planos). El señor Dursley meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la
ciudad en coche no pensó más que en los pedidos de taladros que esperaba conseguir aquel día.
Pero en las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente. Mientras esperaba en el habitual
embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extraña.
Individuos con capa. El señor Dursley no soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula. ¡Ah, los
conjuntos que llevaban los jóvenes! Supuso que debía de ser una moda nueva.
Tamborileó con los dedos
sobre el volante y su mirada se posó en unos extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban entre sí,
muy excitados. El señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que dos de los desconocidos no eran
jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa verde esmeralda! ¡Qué valor! Pero
entonces se le ocurrió que debía de ser alguna tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía
una colecta para algo. Sí, tenía que ser eso. El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el señor Dursley
llegó al aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros.
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