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El extraño

by Patricio Santos Valdez

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El extraño
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Desgraciado aquel que vuelve la mirada a las horas solitarias en vastos y lúgubres recintos de cortinas marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o a las pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas.
A eso me destinaron los dioses, a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y, sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro.
No sé dónde nací, salvo que el castillo era extraordinariamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo distinguía telarañas y sombras.
Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que unas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta.
Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades; sin embargo, no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo silenciosas ratas, murciélagos y arañas.
Supongo que quienquiera que me haya cuidado debió de haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de alguien semejante a mí, pero tan retorcido, marchito y deteriorado como el castillo.
En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. Mi propio aspecto me era desconocido, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como una de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros.
Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que corrí espantado de vuelta por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.
Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto.
Y por fin resolví escalar la torre, a pesar del peligro; ya que era mejor vislumbrar un instante el cielo y perecer, que seguir viviendo sin haber contemplado jamás la claridad del día.
Pero más espantosa aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho embrujado, me invadió. Se me antojó que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.
De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso.
Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la losa daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación.
EN FIN
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